Profundizar la agenda para fortalecer la universidad pública
Por Marcelo Rebori
La universidad pública atraviesa un tiempo especialmente complejo. La discusión sobre el financiamiento ocupa, con absoluta legitimidad, un lugar central en la agenda pública e institucional. No podría ser de otra manera, sin presupuesto suficiente, sin salarios dignos, sin becas actualizadas, con exiguos fondos para Ciencia y Tecnología, sin infraestructura adecuada y sin condiciones mínimas de funcionamiento, se debilitan las bases sobre las que se sostiene la educación superior.
Defender el funcionamiento universitario no debe interpretarse ni como una demanda sectorial ni como una cuestión meramente administrativa o presupuestaria. Es defender el derecho de los ciudadanos a acceder a la educación superior para potenciar su proyecto de vida; también es defender la contribución que realiza la universidad al desarrollo social a través de sus acciones en investigación, extensión y vinculación con las diferentes entidades que conforman la sociedad. En definitiva, discutir financiamiento es debatir sobre el lugar que ocupa o debe ocupar la universidad pública en un proyecto de país.
Precisamente porque la universidad es mucho más que un presupuesto, necesitamos ampliar la conversación. La coyuntura exige respuestas firmes y urgentes, y eso no debería impedirnos mirar los desafíos de mediano y largo plazo. La UNICEN, como universidad regional con historia y presencia territorial, hace de este debate algo propio, no una discusión ajena.
Ampliar la agenda no implica relativizar la emergencia. Por el contrario, permite darle mayor profundidad y sentido a la defensa de la universidad pública.
Reclamamos financiamiento porque necesitamos sostener salarios, aulas, becas y laboratorios para mejorar las propuestas académicas, para acompañar mejor a sus actuales y futuros estudiantes, para incorporar nuevas tecnologías con criterio institucional, pedagógico y ético, y para enfrentar, al menos, cuatro grandes desafíos.
El primero es la transformación de las propuestas formativas. Las profesiones cambian, el mercado laboral se redefine y los modos de aprender ya no son los mismos. La universidad debe preguntarse cómo actualizar carreras, los planes de estudio y formas de enseñar; cómo articular mejor el grado, el posgrado y la formación continua; y cómo formar profesionales con conocimientos sólidos, pensamiento crítico, compromiso social y capacidad de adaptación.
Esta discusión no puede circunscribirse exclusivamente a una modificación formal de planes de estudio. Supone revisar qué capacidades necesita desarrollar nuestra comunidad estudiantil, qué vínculos construimos con el mundo del trabajo, cómo incorporamos nuevas metodologías de enseñanza y de qué manera logramos que la formación universitaria conserve su calidad académica sin quedar desconectada de los cambios sociales, productivos y tecnológicos.
Un segundo desafío, que constituye una condición necesaria para sostener la calidad científico-académica, es el desarrollo continuo de las competencias de nuestros docentes e investigadores. Esto se traduce en la capacidad de atraer nuevas vocaciones, acompañar el desarrollo de sus trayectorias y fortalecer capacidades científico-tecnológicas que respondan a las demandas de la sociedad, produciendo ciencia con estándares de calidad global.
El tercer desafío es el acompañamiento de las trayectorias y la graduación. Detrás de cada estudiante hay un recorrido singular. Hay quienes llegan con todo a favor y quienes sortean obstáculos que la universidad muchas veces no ve. El acceso es una conquista fundamental, y debe complementarse con políticas que permitan sostener recorridos reales, diversos y muchas veces complejos.
La universidad debe preguntarse qué ocurre antes y después del ingreso, por qué hay quienes no llegan a ser estudiantes, por qué se atrasan, abandonan o no logran recibirse, y qué se puede hacer institucionalmente para acompañar mejor esos procesos. Becas, tutorías, salud mental, seguimiento de trayectorias y dispositivos de acompañamiento no son acciones periféricas. Son parte de una política universitaria que entiende que la inclusión no se mide solo en el acceso, sino también en la permanencia y en la graduación.
El cuarto desafío es la transformación digital con sentido público. La inteligencia artificial y la gestión basada en datos ya están modificando la enseñanza, la evaluación, la investigación y la gestión universitaria. La pregunta no es si la universidad debe involucrarse en estos procesos, sino cómo hacerlo con responsabilidad, criterio académico y compromiso con la calidad educativa.
La inteligencia artificial abre oportunidades y plantea dilemas al mismo tiempo. Nos obliga a revisar prácticas de enseñanza, criterios de evaluación y formas de producción de conocimiento. La pregunta no es si usarla, sino cómo hacerlo preservando la profundidad académica y el compromiso con la formación integral.
La gestión basada en datos opera en otro plano, igualmente relevante. Permite comprender mejor la realidad institucional, anticipar problemas, evaluar políticas y asignar recursos con mayor criterio. No se trata de reemplazar la mirada humana, sino de fortalecerla con información pertinente para tomar decisiones más consistentes.
La UNICEN tiene historia, presencia territorial y capacidades institucionales para asumir este debate con seriedad; no solo para atravesar un contexto adverso, sino también para proyectar una universidad más integrada, innovadora, inclusiva y comprometida con su tiempo.
El dilema de fondo, entonces, no es elegir entre atender la emergencia o pensar el futuro. Osvaldo Zarini, fundador de la UNICEN, sostenía que la universidad debe atender de manera diferencial las necesidades de su entorno. Ese principio sigue vigente y nos marca la tarea. Sostener el presente y proyectar el futuro, defender el financiamiento y profundizar la agenda, cuidar lo construido y animarnos a transformar lo necesario.
No se trata de desplazar la urgencia presupuestaria ni de minimizar su gravedad. Se trata de evitar que la emergencia absorba por completo nuestra capacidad de imaginar, planificar y conducir los cambios que la universidad necesita. Porque una institución de educación superior no solo debe resistir los momentos difíciles, también debe construir horizonte.
La universidad pública no se defiende solo explicando lo que falta. También se defiende mostrando todo lo que puede aportar. Se defiende cuando forma profesionales comprometidos, cuando genera y transfiere conocimiento con impacto en su territorio, cuando acompaña a sus estudiantes, cuando innova, cuando se vincula con la sociedad y cuando se anima a discutir con seriedad su propio futuro.
Profundizar la agenda es, en definitiva, una forma de fortalecer la defensa de la universidad pública. Es afirmar que necesitamos financiamiento porque nuestra sociedad necesita un futuro. Y que la UNICEN, por su historia, su comunidad y su presencia regional, tiene mucho para decir y para construir en esa conversación.
El autor es decano de Económicas UNICEN